POR R. MENA-MARTÍNEZ CASTRO

In memoriam, Esteban Ruiz Holgado

La comunidad salteña lamenta la muerte del joven odontólogo
martes, 08 de enero de 2019 · 21:24

SALTA (Por R. Mena-Martínez Castro). Esteban Ruiz Holgado ha muerto ayer y con él desaparece la alegría alucinante de todas las mañanas.

Flota aún en el recuerdo su risa cantarina, poniendo una vez más en la atmósfera de la ciudad y en el alma de sus amigos, ese halo intáctil reverberando sus lugares de encuentro, ya sea en el trabajo o en el inevitable café donde se amasa como el pan familiar, esa inefable amistad de los hombres de corazón.

Su impronta parecía resistir todos los vientos laberínticos que asechan las circunstancias de esta vida, y siento la suprema sensación de que su alma de hombre noble será el faro que guíe el mañana de sus hijos, aún tiernos e inocentes.

Un soplo de aire fresco navegó un día incierto, trayéndolo desde su Tucumán natal hacia estos lares, donde fundara la hermosa familia que hoy deja y que los amigos abrazan con cariño sincero, en este día aciago y en los tiempos a por venir.

Esteban estuvo siempre al lado de quién esto escribe, en las horas intensas del trabajo, pero también en los espacios serenos de esa amistad que se forja con inolvidables momentos compartidos.

Esteban Ruiz Holgado era la alegría misma, derramada sin retaceos en cuanta empresa se propusiera, y nadie pudo jamás pensar que el Nazareno pusiera la severidad de su mirada en la ternura de su impronta. Entonces lo tendremos siempre presente, mientras haya corazones sensibles y ojos que lloren ante la eclosión de las flores que tiemblan su homenaje.

Hoy ese afecto se esparce sereno y para siempre, junto a su inefable sonrisa acuñada a yunque y martillo, en las esotéricas fraguas de la amistad.

Tal vez fuera excesivo el adiós de quién nos deja tanto de sí mismo, y cuando nuestro espíritu se apacigüe, acaso podamos calibrar nuestra profunda admiración hacia quién fuera en este mundo, el maravilloso resplandor de los buenos de corazón.

Que la Cruz de Cristo lo ampare en la muerte, con la sombra de sus dos brazos abiertos.

Por R. Mena-Martínez Castro

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