Roberto García Pinto: Escribir con la parcialidad del amor

sábado, 12 de noviembre de 2016 · 00:00
SALTA (Redacción) – La naturalidad con la que elabora sus ensayos este gran escritor, médico y empresario salteño, deja entrever una personalidad, cuya intimidad con las letras sugiere un completo ensamble, una realidad indisoluble, clara muestra de su pasión por el arte de escribir, ese métier que al son de sus palabras “es casi siempre una sospecha de sedentarismo o una certeza, pues hay poemas y novelas que son consuelo o transacciones ante aventuras que se renunciaron a vivir, dramas que sorbe el papel porque la realidad no los dejó prosperar”.

Hace ya tiempo que me encuentro sumergida en el atrapante mundo de Roberto García Pinto. Con la excusa de sacar a luz los escritos de este invalorable exponente de las letras salteñas, el cóctel letal de su pluma, junto a ingredientes tales como sus cartas y archivo personal, ejercieron tal hechizo, viéndome obligada a interrumpir por corto tiempo el sopor literario, para volcar en el papel -como tantas veces él mismo lo hiciera- ese derrotero que comenzó el 28 de julio de 1906, día de su nacimiento.

Los lineamientos de su vida condujeron sus destinos por variados caminos. Corría el año 1928 y habiendo terminado los estudios secundarios en el Colegio Nacional de Salta, emprende -con 22 años- un viaje a Buenos Aires para estudiar Medicina. “Mi tío Abocho fue quien lo convenció para que siguiera esa carrera”, cuenta Julieta García Pinto, su hija y depositaria de gran parte de su archivo, atesorado por ella en un permanente deleite con la lectura de la correspondencia, apuntes y fotos de generaciones de escritores.

Génesis de la pluma y la palabra

En Buenos Aires conoce a Luis de Elizalde, que por ese entonces estudiaba Derecho, a Eduardo Mallea, escritor y diplomático, a Luis Saslavsky, destacado director de cine y a Carlos Erro, quienes junto al salteño Lucio Cornejo Linares y a otros intelectuales de fuste, confluyeron en una comunión de intereses e inquietudes de conocimiento, forjando un sólido grupo intelectual, que aunando criterios, diseñaron múltiples proyectos entre los que se destacaron la realización de la “Revista de las Américas”.

“Es en ese momento donde nace la amistad de mi papá con Luis de Elizalde –explica Julieta-. Lo lleva a su casa, donde su madre Elena (Bebé) Sansinena de Elizalde –alma mater de la reconocida Sociedad de Amigos del Arte- lo recibe muy bien. No tardó en sentir que esa casa era su segundo hogar”. El ambiente donde el ejercicio del pensamiento hacía brotar una constante búsqueda de respuestas, actuó como microclima para la alternancia de los saberes. Era el inconfundible aroma de la intelectualidad la que abrevaba tras sus muros.

En su último libro “Al Paso de las Ideas”, Roberto hace mención a esa Buenos Aires “con su millón y medio de habitantes”, definiéndola como una “ciudad de grata convivencia, una urbe que aún tenía proporciones armónicas, donde el crecimiento monstruoso y las aglomeraciones aún no impedían el trato humano y las relaciones amables. No resultaba difícil encontrarse con gentes de gustos similares, que los tumultos de esos años disuyen en un océano de cabezas anónimas”.

Ortega y Gasset, el nacimiento de una entrañable amistad

Es en casa de los Elizalde donde Roberto conoce mucho más a José Ortega y Gasset. “Junto con la carrera de Medicina iba a la Facultad de Filosofía para hacer cursos dictados por él, en uno de los tres viajes que hiciera a nuestro país, pero es en lo de Elizalde donde toma mayor contacto”, comenta Julieta. Al enterarse de la muerte de Ortega, envía una sentida carta a Bebé. La palabra se vuelve sentimiento puro, relevando los recuerdos de aquellos gratos momentos vividos en la casa de la calle Ocampo. Así relata Roberto su reacción al enterarse de la muerte de su querido amigo: “Al quedarme solo esa noche lloré amargamente como hacía tiempo no me ocurría, creo que desde la muerte de mi propio padre (…) Hasta yo mismo ignoraba la profundidad del afecto que Ortega había arraigado en mí. Era un hombre tan grande, de un espíritu tan poderoso, tan bien capacitado para provocar ese amor admirativo, que acaso sea el sentimiento más alto y más desinteresado que pueda tener el corazón del hombre (…)”

La minería, idas y vueltas de una pasión

Una vez que recibe su título de médico retorna a Salta, donde el hospital de Güemes esperaba con los brazos abiertos a este novel profesional que se desempeñó como su director.

Llega la década de 1940 y nuevos aires traían con ellos el encanto de los sulfatos, la alquimia minera que embriagaría su ánimo, para emprender en conjunto con sus hermanos –Adolfo, Eduardo y Enrique- la explotación de varias bocas: la Azufrera La Casualidad, la Mina Julia –que lleva el nombre de su madre-, la Mina de Culampajá , aquel emprendimiento que inspirara a Jaime Dávalos y al “Cuchi” Lequizamón en las tierras de Hualfín (Catamarca), la reconocida “Zamba de los Mineros”.

Fueron aproximadamente diez años los batallados con los vaivenes de la economía de nuestro país y la lucha con los trusts internacionales. “Siempre tenía un proyecto en su cabeza –explica Julieta sumida en el recuerdo- . En un momento dado surgió la idea de tener un sello que editara los libros de Ortega en Argentina”. Las conversaciones avanzaban, pero eran años aciagos e inciertos, y el devenir de la política provocó que sus sueños se diluyeran. Aun así Roberto miró el futuro con la entereza propia de las mentes privilegiadas.

En el año 1955 fue nombrado rector del Colegio Nacional de Salta, cargo que ejerció hasta 1960. Al concluir esta etapa es invitado a disertar en la Western Reserve University of Cleveland, Ohio. Formó parte también del selecto grupo que organizó los pasos del flamante Canal 11 de Salta. Más tarde lo esperarían otras instituciones como el College of Wooster en Ohio y la Universidad de Toulouse en Francia, país que se convierte en suyo durante un año –se radica con su mujer Dolores Garda Ortíz-, al tiempo en que fue invitado a Madrid para brindar conferencias sobre los pasos de Ortega y Gasset en la Argentina.

Instituciones como la Universidad Católica de Salta lo homenajean recordando su paso como profesor y como presidente de la Fundación Michel Torino, cuyo fin era la reedición de libros de autores de la talla de Federico Gauffin, Juan Carlos Dávalos y Daniel “Chivo” Ovejero entre una larga lista. Entre sus múltiples pergaminos, imposibles de plasmar en un solo escrito, están el de ser miembro académico correspondiente de la Academia Argentina de Letras y el haber presentado sus escritos en la revista “Sur” de Victoria Ocampo, en el diario “La Nación” y publicaciones de gran importancia en la época.

Juan Carlos Dávalos y el depositario de sus escritos

La vida no dejó de sorprender el inquieto espíritu literario de Roberto y unió sus destinos al de su comprovinciano Juan Carlos Dávalos. Este carismático escritor salteño creó estrechos vínculos con Roberto, al punto que la diferencia en edades –Juan Carlos le llevaba casi 20 años- era sólo una gota en el inmenso mar de respeto que significaba la amistad que lo llevó a ser el curador de su archivo. “Me otorgaba tan valiosa distinción en la creencia de que yo guardaría con mejor celo que él mismo sus papeles, cosa que con gran riesgo he podido cumplir hasta la fecha”, plasmaba Roberto en el prólogo de su libro “Isis o de la Literatura del Norte Argentino”.

Resaltaba en sus ensayos el amor del poeta hacia su tierra –situación que lo asemejaba a Dante Alighieri y su devoción por la Florencia de su tiempo-, destacando a este como un hecho “casi siempre presente, que en forma apasionada surge de la sensibilidad profunda y exacerbada propia del poeta auténtico (…) y se manifiesta en la complacencia y unión que sintió siempre por ‘el alma y sus paisajes ’, título de uno de sus libros, que lo rodearon desde el despertar de su mente”.
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