CULTURA

El león herido y la carta perdida

La oscuridad extiende parsimoniosamente sus dedos hacia un horizonte de asombros
sábado, 23 de marzo de 2019 · 11:10

El león herido y la carta perdida

Por RICARDO MENA-MARTÍNEZ CASTRO

La tarde se ha transformado en noche, y la densa oscuridad de castillo en donde yo y mis hombres velamos por la seguridad del rey Louis XVI, se cierne sobre mis pensamientos. Me abruma la responsabilidad que pesa sobre mis hombros, y pienso cuales fueron los motivos por los que estoy aquí esta noche.

Recuerdo, por haber escuchado a mis padres, y ellos a los suyos, que Lucerna, mi lugar de mi nacimiento, se encontraba en algún punto de su historia confundido en horrible crisis, tan terrible, que llegaba inclusive hasta la hambruna. Los hombres más sabios pensaron que la solución estaba en convocar a los jóvenes más fuertes del país, para que, una vez preparados para la guerra, ofrecieran sus servicios a los países en conflicto.

Fue así como fue formándose la Guardia Suiza, cuando en los años 1500, el papa Sixto I efectuó una alianza con la entonces Confederación Suiza, y se construyeron cuarteles en Vía Pellegrino, ante la posibilidad de contratar mercenarios suizos que habían demostrado ya su valor en anteriores confrontaciones. Inocencio VIII renovó el pacto y Alejandro VI, se sirvió de nuestros hombres, en alianza con el rey de Francia. Pasó lo mismo cuando las guerras italianas. Pero todo esto es historia, guerra, siempre guerras, que no nos dejaban la tranquilidad de ser felices con nuestras familias.

Me llamo Rudolf Hans Dürter, y soy capitán de la Guardia en este año del Señor de 1792. Los acontecimientos en Francia se hacían cada vez más peligrosos para la monarquía que enfrentaba acusaciones de despilfarro, e inclusive de vidas licenciosas dentro de la corte. Pero estoy aquí, atribulado en mis pensamientos y responsabilidades, pero debo tomar una histórica decisión, de vida o de muerte.

El rey había sido traído de Versalles, luego de su detención en Varennes, símbolo de la monarquía absoluta, hasta el palacio de las Tullerías. Luis XVI había prometido una monarquía constitucional, y el cambio en su actitud, llevó frenetizar a las multitudes francesas. Ansiaban abolir el absolutismo.

El tiempo tejía sin cesar los prolegómenos de la revolución y se desarrollaba sin pausa el segundo asalto a las Tullerías. El rey había sido acusado de traición. Tenía en mis manos una carta, a mi pedido, firmada por él, en la que me ordenaba desistir de la defensa y entregarme sin disparar ni un solo tiro. El jefe de la defensa Marqués de Mandat había sido apresado por los insurgentes, y quedaba sólo yo en la conducción. Al frente de mis hombres y de la guardia de palacio, habíamos abatido ya centenares de adversarios; pero tenía que cumplir.

Pensé en mi familia, esperándome, y en mi esposa haciéndolo con el amor que solamente una mujer enamorada puede dispensar al esposo ausente. Los ventanales del próximo otoño se perfilaban severos, no sólo por el frío, sino por el helado vaticinio de la muerte.

No quiero partir, pero el deber me empuja hacia el vacío. Mis ojos llevan señales de duelo sin concretar aún, y percibo como un fragor espeso mi corazón y mis manos llenos de recuerdos. Siento todo mi cuerpo como ajeno, en un día tan breve que ya atardece. El canto de los pájaros va cesando lentamente, muriendo en el arrullo de la noche.

La oscuridad extiende parsimoniosamente sus dedos hacia un horizonte de asombros y, sacudiendo mis pensamientos, decidí compartir con mis oficiales esta aventura, más bien desventura. Estaba en juego el honor de la Guardia, siempre fiel al rey que los había convocado. Éramos ochocientos hombres contra una turba enardecida, esperando como bestias salvajes a las puertas del palacio. Escuchaba con temor los gritos y los improperios contra mis defendidos. Ninguno de mis oficiales aceptaba las expresas órdenes del rey. La incertidumbre comenzaba a desgarrar su velo, y decidimos poner el pecho a la turba vocinglera. Sólo me queda esperar el milagro, pero pienso que nada, solamente el deber debe importarme. Tengo miedo, y ya los árboles han callado sus rumores. ¿Será un presagio? ¿Será posible aún reír, mirar hacia la nada o gritar sin sobresaltos? No quiero estar triste, y poder mirar la vida sonriendo, pero hay banderas de fuego en el horizonte, aún en brumas. Detrás están las figuras que la historia seguramente recordará: Robespierre, Marat y Dantón, sedientas de la sangre de los reyes.

El conciliábulo entre mis oficiales subalternos ha terminado y debemos prepararnos para la certidumbre de lo incierto.

Ya en mi cuarto enciendo un candil para iluminar las sombras acariciando la frialdad de los muros, y escribo esta carta de despedida a mi adorada mujer que, posiblemente Dios no lo quiera, me esperará en vano.

Carta encontrada en un repositorio del cantón suizo de Friburgo siglo después.

Desde mi corazón sangrante

Amada Erika de Choiseul:

Soy consciente de que acaso esta sea la última carta que pueda enviarle. Las manifestaciones en contra de Luis XVI y de María Antonieta, son irreversibles. He tomado la precaución de escribir también a su tío el duque de Choiseul, para que proteja su vida por todos los medios que considere necesario. La decisión que ha tomado la oficialidad es la de obedecer las órdenes del rey, aunque naturalmente vaya en contra de nuestros pareceres. Si acaso no lo hiciéramos, la desobediencia recaería sobre el prestigio y la fama que la Guardia Suiza, mantenida incólume a través de los siglos. No seríamos contratados nunca más como mercenarios. El hecho de serlo, asume el compromiso de coquetear con la muerte. A pesar de mi juventud, paso recién a considerar lo injustas que son algunas decisiones, como ésta. Los rincones del palacio a esta hora se ven mustios. Ya no brillan las arañas ni lucen los frescos ni los gobelinos en las paredes, como tampoco sonríen los óleos de los antepasados. Todo está triste y a mí me gustaría estar alegre en su compañía. No quedan ya rincones con fantasmas, todos han huido presintiendo la masacre. Cómo poder pensar que el sol de la mañana algún día alumbrará sólo para los dos, pero el aire de la noche solamente trae los sabores y los sonidos del espanto. Yo quiero que usted viva, y si muero, me iré con la imagen de su sonrisa a flor de piel. Es usted tan hermosa que me cuesta pensar en la partida. No quiero que por ser yo Capitán de la Guardia, sufra usted daño alguno. Si así ocurriera, me sobrarían las muertes, una y otra vez, junto a las canciones del viento y el murmullo del río Reuss, donde nuestro amor quedó tallado para siempre. Pero nada pasa en vano y sin dejar la huella.

Siento ya la algarabía de voces ululantes, aguardando bajo la protección de esta noche presentida breve. Los cascos de los caballos parecen horadar las piedras del castillo, y yo en mi interior, querría escuchar las canciones de amor que disfrutábamos juntos a orillas del río, cuando el sol era enteramente nuestro.

Afortunadamente la vida no nos dio tiempo para consolidar una familia con la alegría de los hijos. Dios quizá lo haya presentido. Tengo por usted un amor que no claudica ni sosiega.

El otoño próximo, quizá el último otoño de mi vida, cae como una cascada ocre sobre los pinos circundantes. Ellos esperan el invierno, y yo una muerte injusta. Mi alma aturdida, como la flor alpina, contempla la lluvia escasa cayendo sobre los ventanales. No quiero olvidar su voz, pero las puertas del castillo se están abriendo para que la Guardia salga hacia las regiones de la bruma.

Saldremos al amanecer, sin armas y con la segura convicción de dirigirnos a la gloria. La tiniebla espesa de esta mañana gris, se elevará seguramente sin contradicciones, hacia el cielo imperturbable. Yo hubiera preferido morir con la dignidad del soldado, pero las órdenes son órdenes y debo cumplirlas.

La avalancha de cuchillos y palos, a los que se sumarán algunos moquetes y arcabuces, caerán como nubes de fuego envolvente sobre nuestros cuerpos. Posiblemente alguna bala perdida atravesará mi cuerpo, y el sufrimiento será atroz. Me queda el consuelo de haber escrito esta carta. Me iré con la memoria de su sonrisa y de su voz que tanto he amado. Siento en este momento el sabor salino de las lágrimas.

Rudolf Heinz Dürter

De total de ochocientos hombres sobrevivieron solamente ciento cincuenta.

Por RICARDO MENA-MARTÍNEZ CASTRO

 

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