Por R. Mena - Martínez Castro

Las Ojeras del Olvido: José Alejandro Ferreyra

El olvido hace estragos en los recuerdos que deben permanecer incólumes en la memoria de quienes dicen ser patriotas
domingo, 10 de marzo de 2019 · 00:00

SALTA (Por R. Mena - Martínez Castro) - El recuerdo hoy, es para aquel famoso baqueano de las lides guerreras argentinas. Se trata de ALICO, cuyo verdadero nombre fue el de José Alejandro Ferreyra, el desconocido participante de tantos combates sucedidos durante las guerras de la independencia, como así también de las civiles.

Alico no pasa de ser un apodo, y proviene del vocablo quichua, ALICU O ALICO, siendo su tarea fundamental la de conducir por pasos seguros a las tropas de la patria, donde fuera necesario para los fines de la guerra.

Nuestro importante y poco recordado personaje, nació en la provincia de Santiago del Estero, más propiamente en la localidad de La Banda y, al producirse la Revolución de Mayo en el año 1810, la Junta de Gobierno envió al Ejército Auxiliar comandado por Francisco Ortiz de Ocampo, que sucediera a Antonio González Balcarce. Éste al llegar a la localidad anteriormente mencionada tuvo noticias de sus habilidades y talentos como rastreador y conocedor de lugares impensados del territorio nacional. Inmediatamente contrató sus servicios en calidad de baqueano.

Fue así que condujo al ejército de la patria hasta Cotagaita, donde se produjo la famosa batalla, para luego conducirlo con seguridad hasta Suipacha.

Recordemos que COTAGAITA fue el primer combate de la vanguardia del Ejército Auxiliar del Perú, y constituye a la vez el primero de las guerras de la independencia de Hispanoamérica.  El combate duró apenas cuatro horas, siendo un tiroteo o falso ataque según Castelli, contra la vanguardia del ejército realista levantado por el presidente de Charcas don Vicente Nieto. Era nada menos que la vanguardia del Ejército Real del Perú, comandado por José de Córdoba y Nieto. El enfrentamiento se produjo un 27 de octubre de 1810, perteneciendo Cotagaita a la intendencia de Potosí

La división de González Balcarce, llegó a Yavi el 4 de octubre de 1810, siempre conducido por el baqueano Alico, a la espera de la artillería conducida por Calixto Ruiz de Gauna.

Algunos autores bolivianos y también güemesianos aseguran que la división que atacó Cotagaita estuvo compuesta por unos trescientos tarijeños y el resto por contingentes jujeños y salteños. Para asegurar esto, se basaban que el ejército se había detenido en Jujuy a fin de reponerse de las marchas. No obstante, Córdoba y Rojas comunicaba que habían partido de Buenos Aires negros y mulatos pertenecientes al Regimiento de Pardos y Morenos, Andaluces del Regimiento 5 de infantería, como también los Arribeños del Regimiento 6 también de infantería. Córdoba y Rojas fue un importante marino español jefe de las fuerzas de la corona en Tupiza y Suipacha. Murió fusilado por orden de Castelli que le agregó a la lista de condenados a muerte ordenada por la junta de Buenos Aires. Entre ellos estaban: Nieto, el gobernador potosino Francisco de Paula Sanz y el general José Manuel de Goyeneche y el mismo Córdoba y Rojas. Goyeneche pudo escapar y derrotó a los revolucionarios en la batalla de Huaqui.

 González Balcarce explicaba que al terminar la batalla las tropas debieron retirarse en completo orden, debido a distintas causas, entre las que consideraba la falta de municiones, caballos, alimentos y además por la falta de dinero con que pagar los haberes vencidos a la tropa. Fue esta acción considerada como maniobra de distracción a fin de engañar al enemigo.

También a manera de síntesis, y mencionar los lugares donde nuestro protagonista Alico desarrollara su conocimiento del terreno, mencionamos la batalla de Suipacha, librada a veinticinco kilómetros de Tupiza, lugar este donde marchas, intrigas y contramarchas, desvelaban a sus pobladores. Esta población se encuentra a orillas del río de mismo nombre y también pertenecía entonces a la intendencia de Potosí. Allí las armas de la patria derrotaron por primera vez al Ejército Real del Perú. 

Volviendo a la semblanza de Alico, diremos que su extraordinario conocimiento del territorio de nuestro norte le hizo ganar sus ocultos y merecidos laureles.

Es conocido que también el doctor Marco Avellaneda, jefe de la Coalición de Norte en contra de Juan Manuel de Rosas, le llamara por estar al tanto de sus famosos conocimientos del terreno.

En 1825, estuvo a las órdenes del general Lamadrid cuando luchaba contra Facundo Quiroga, y en 1830 y 1832 estuvo bajo las órdenes del Gral. Paz.

En 1840 fue baqueano de Juan Galo de Lavalle, salvándole luego de ser derrotado en la batalla de Famaillá (1841), de caer prisionero del general Oribe; le hizo huir por un atajo desconocido, depositándolo en Raco, en las proximidades de la ciudad de San Miguel de Tucumán, como paso previo a su destino jujeño.

 Nos detenemos aquí, pues estando en la localidad de Hualfín, (1841) propiedad de don Felipe Leguizamón Gauna, (nieto de don Calixto Gauna de recordada actuación al realizar la maratónica cabalgata en ocho días a Buenos Aires), y de su mujer doña Gualberta de Llano, retira seicientas mulas que serán vendidas en Santa María y Cafayate.

La historia en Hualfín comenzaba así, narrada por Dardo de la Vega Díaz: Lavalle había sido llamado por Brizuela y Pedernera hasta la Rioja, donde le aseguraban un fuerte ejército y cuantiosos recursos. Una partida de avanzada descubre una diligencia donde viajaba una hermosa mujer de grandes ojos cautivadores. Era la flor encontrada en el desierto, doña Solana de Sotomayor. Fue llevada a la tienda del General, para desdicha de los compañeros de armas de Brizuela, pues se había alzado entre los dos jefes un odio irreconciliable.  Era nada menos que la mujer del Zarco, que venía de Catamarca donde había concurrido a cumplir una promesa a la Virgen del Valle. Fue entre Mazán y Aimogasta. César Carrizo conjetura que no hay mejor lugar que ese paraíso terrenal que significa Hualfín, donde los amantes podían esconder su amor.  Era el fundo y el Mayorazgo que la familia Leguizamón poseía en aquellos lares.  Iglesia de Hualfín, donde Lavalle, Pedernera y Frías rezaron antes de partir por      

Los dueños de casa, de acuerdo a la moral de la época, no podían permitir alojarlos en su residencia, de modo que partieron hacia otra estancia de su propiedad denominada Las Cuevas.

Lavalle ocupó la casa grande, mientras que la tropa lo hizo en los aledaños, en el sitio llamado Las Casa Viejas, donde vivieron sus antiguos propietarios en los años de 1700.  Aún hoy es posible encontrar balas de cañón y de tercerolas, además oxidados restos d sables de combate.

Corría el año 1841 y Lavalle se encontraba acompañado por sus ayudantes Pedernera y Félix Frías. El dueño de casa es federal por convicción y no por obsecuencia a Rosas. El sargento mayor don Felipe, hijo del coronel salteño Juan Galo de Leguizamón y Salinas y de doña Liberata Ruiz de Gauna y de la Bárcena, no sucumbe a los cantos de sirena del general federal Balboa, que le insta a tomar prisionero al héroe de Riobamba.  

 Fuera de la casona, la tropa entonaba canciones al compás de guitarras y mandolinas en honor de los enamorados, mientras Alico siempre vigilante, montaba guardia pensando en el camino por donde conduciría el escaso ejército de Lavalle, para no encontrar partidas enemigas en el camino del Campo de los Pozuelos.

Lo hizo por senderos desconocidos y montañosos de la serranía de Las Cuevas del Chango Real, para llegar sin contratiempos a Santa María, donde vendió las mulas.

Desde allí se dirigió hasta Tafí del Valle, y por la quebrada del portugués recaló en Famaillá, donde le esperaba su cruel desventura.

La iglesia de la hacienda hoy monumento histórico nacional, fue el lugar donde Lavalle, Pedernera y Frías rezaron fervorosamente antes de partir hacia su destino tucumano de Famaillá.

Antes de viajar, Lavalle obsequia a los dueños de casa la espada que le fuera entregada en recompensa por su heroísmo sin igual por el gobierno del Ecuador. Suponemos que doña Solana continuaría su viaje hacia la Rioja.

Pedro Lacasa, secretario de Lavalle se expresaba así de Alico: "No sólo conocía los caminos, los lugares poblados y despoblados y las distancias por las vías ordinarias, sino también las leguas que había de un punto al otro por sendas extraviadas, la naturaleza de los pastos, la condición de las aguadas y el tiempo preciso que necesitaba un ejército para llegar de un punto a otro".

En año de 1840, el gobierno de la provincia de Tucumán le había otorgado el grado de teniente del ejército, pero sus trabajos no terminaron tras la muerte de Lavalle, pues hubo de acompañar al general Pedernera a través de la quebrada de Humahuaca en dirección de Potosí.

En el año 1846, los soldados de Felipe Ibarra, trataron de apresarlo pues Alico se había negado a colaborar con él, entonces el gobernador santiagueño, desairado ordenó su prisión, pero Alico logró fugarse.

En 1850, volvió a Santiago del Estero, y al desobedecer una nueva orden de Ibarra, fue desterrado a Potosí, donde murió en 1855, ignorándose donde fue sepultado. Era de baja estatura, trigueño y de cabello canoso, pero una de sus mayores virtudes fue además de su valor, la honradez a toda prueba.

Sólo una calle de su ciudad natal lleva su nombre, aunque a fuer de ser sinceros, muchas deberían hacerlo como homenaje a quién dio todo por su país.  

La patria aún está en deuda con su persona.

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