Por R. Mena - Martínez Castro)

Un trébol de cuatro historias. El refugio de Javier

Ricardo Federico Mena es un escritor notable por su intenso lirismo, además es un romántico existencial
lunes, 25 de febrero de 2019 · 17:32

SALTA (Por R. Mena - Martínez Castro) - Su novela es una narración poética que nos transporta a un paisaje mágico, habitado por seres misteriosos y extravagantes que personifican arquetipos humanos y legendarios. Entramos a una dimensión onírica descripta con una profusión de bellísimas imágenes. El lenguaje es exquisito. Las metáforas nos transportan a un estado de encantamiento a otro nivel de percepción. Es una alegoría de un pasado idílico, poblado de recuerdos y sensaciones. Es un nostálgico de una naturaleza poblada de seres mitológicos ancestrales. Desde una casona de los valles calchaquíes con sus moradores, los recuerdos se esfuman en ensoñaciones. Seres carnales como Elena, anciana anfitriona, intérprete exquisita del relato de su capataz, el indio Mocople, que nos adentra en ese mundo mágico de hechiceros y duendes misteriosos. Juana Tanampa, la mujer del indio, es el arquetipo de la mujer campesina oficiosa, sabia, hábil cocinera, sanadora y creativa. La lectura de esta sucesión de narraciones concéntricas, nos llevan a esas vivencias delirantes y misteriosas. MANUSCRITOS AMARILLOSMEMORIAS DE ALEXANDER Y PATRICK WILSON Es una narración acerca de una familia de origen irlandés, cuyo antepasado se instaló en Buenos Aires, fundando una dinastía estanciera en la época de Rosas. Según el relato que Ricardo Federico Mena escuchó siempre de boca de su abuela, un tío abuelo de su madre había sido raptado por un malón, viviendo quince años cautivo de los indios, hasta que pudo escapar y regresar a su familia que lo había dado por muerto. Las vicisitudes, los sufrimientos, los tormentos, el acoso sexual de las indias y los desvelos del joven cautivo se revelan en la novela.  Asimismo, se manifiesta la fusión de dos civilizaciones, al describir las costumbres en las tolderías y el temperamento de los matreros. La pampa inmensa y la vida de campo en las estancias forman parte de los nostálgicos recuerdos de la infancia y adolescencia del autor. La narración se basa en estos hechos expuestos con algunos efectos de ficción, dándole visos de verosimilitud a lo ocurrido. Se interna en las emociones de estos dos jóvenes enamorados con un romanticismo que conmueve. Siempre el escenario de la naturaleza está descripto con esplendor y refleja un profundo amor por ella. La conversación de las momias Es una alegoría poética del sacrificio de los indiecitos inmolados al dios Inti, en la montaña 9 Un trébol de cuatro historias del Llullaillaco. El relato obtuvo un premio nacional con esta joya literaria. Conmueve este homenaje a los niños. La belleza de su evocación merece su trascendencia. El León herido y la carta perdida El libro continúa con un hecho real ocurrido en el año 1792 durante el reinado de Luis XVI, donde la Guardia Suiza debe poner pecho a la desventura. La carta emociona por el amor y poesía entretejidos entre sus letras.

Leonor Torino Usandivaras

 AGRADECIMIENTOS Desde abajo, desde lo más hondo de mis cimientos, surgen clamores de agradecimiento para quienes de una u otra manera colaboraron en la consecución de este libro. Escribir una novela, muchas veces es sumergirse en vidas ajenas donde germinan desde el mismo fondo de la tierra, olas de piedad para los que sufren o para los que se extravían. Otras veces las historias transitan al ritmo de músicas muy tiernas que traducen las más delicadas emociones del alma humana; esto nos hace pensar como si fuera un blasón inclaudicable, que fuimos hechos a imagen y semejanza de Dios. Es así que, la inefable armonía y los conjuros del recuerdo, flotarán en el espacio mientras haya en el mundo almas sensibles celebrando el nacimiento de una flor. La historia, y en ella incluyo estas memorias, no dejan de ser una suerte de carrera de relevos, mientras la vida transcurre inexorable, sin saber cuándo concluirá. Muchas veces las voces que hablan en estos textos, pretenden ser tan vívidas, que ojalá flotaran como luces vivas sobre las noches, o como canciones de amor sobre el rumor de las mañanas. Las huellas de los personajes, están allí, visibles y enérgicas, transcurriendo dentro de las Capillas del Arte, afortunadamente eterno, y cuyo resplandor permanece incólume ante los tráfagos de la vida. Vaya pues, mi insoslayable agradecimiento a quienes me apoyaron, ya sea con correcciones de textos o con invalorables consejos, para que este libro viera la ansiada luz, en ese intáctil Parnaso llamado Arte. Ojalá este lo sea. Nombro como figuras señeras a Gladys Coviello que con su apoyo y consejos literarios me animaron y vigilaron esta publicación. A Leonor Torino Usandivaras, que también tuvo la paciencia de leerme y prologar este libro, Carolina Mena Saravia, hija que me acompaña en trabajos de coautoría, a mi amigo Jorge Cornejo Albrecht por haberme cedido dos de sus magníficas ilustraciones e intervenido en el diseño de tapa. Nombro asimismo a mi familia en cabeza de mi mujer Nita Saravia, que sin protestas admite mis ausencias del hogar, para refugiarme en el santuario de mis lucubraciones.

 Palabras preliminares Soy apenas una voz en la niebla de los recuerdos. Es una voz que, habiendo estado escondida en imágenes de distancia, hoy se materializan en este libro, como un sueño recobrado; casi diría como una pasión antigua que retorna y busca ecos en el alma de quienes me lean. Es como un susurro de tiempos antiguos, surgiendo verdecidos, luego de una larga vida transcurrida, como si fuera un solo día extenso y soñoliento. Es como una profunda vibración, donde se expresan ya maduradas las voces de todas mis edades. Entonces me pregunto: ¿dónde estarán las luces de aquellos días, cuando yo era el dueño de la brisa? Muchas veces esos recuerdos me hacen cerrar los ojos para ocultar algunas lágrimas. Los personajes que pueblan estos escritos han muerto ya; entonces digo con pesar, que estas palabras acaso se vuelvan acrónicas, en un principio arrumadas y fluyendo en conciertos a veces desatinados, pero siempre con ese aroma sutil de los recuerdos. En un tramo de estos escritos digo, que el calor de la vida se derrama despacio sobre el mundo, pero también sobre mi corazón. Expreso también que el universo de las sombras muere cuando se entroniza el sol en nuestras vidas, entonces ellas se irán desvaneciendo, y la vida será bella, a pesar de la anárquica geometría de la existencia. Celebro este libro con esa pasión de escribir otra vez realizada, pensando que el sol es mío, a pesar de que el día… es breve. Ricardo Federico Mena - El refugio de Javier –

ILUSTRACIÓN “La casa” de Jorge Cornejo Albrecht

Palabras preliminares

Capítulo I

 Soy apenas una voz que sólo yo percibo

Escribo estos papeles, escuchando canciones que me retrotraen a un tiempo ya pasado- acaso olvidado- pero presente en el subconsciente. Me llamo Javier de Olivares; hoy cumplo setenta y siete años y estoy en la plenitud de mi intelecto, gracias a Dios.

 Desde mi llegada a este pequeño pueblo del valle calchaquí, depósito de mi cariño y de mi niñez, reflexiono y pienso en mi vida transcurrida sin pausas, como un día único, preñado de sueños, pero largo, muy largo. Mi refugio es una casa en este valle, quizá pequeña, pero plena de soles y de historia. Es de elegante sencillez -a propósito- y marca un estilo simple de vida de quienes fueron sus propietarios. Era evidente que habían gozado de un gran pasado. La casa solariega de sus dueños originarios, quizás en los años mil setecientos haya sido considerada una mansión, pero Elena- una de sus descendientes -que me aloja- prefirió vivir en esta otra más sencilla, pero de la misma naturaleza, construida con el mismo amor y el mismo barro de tres siglos. Es una anciana muy querida entre los habitantes del lugar. Su bondad es extrema, además amiga- me quiere como soy- con defectos y virtudes; dice que soy el hermano que ya no tiene, pues todos han partido hacia la eternidad de la que no se vuelve. La casa ha sido amada por todos los habitantes de ella, en este largo devenir de centurias. Es una vivienda de trescientos jóvenes años, portadora de ricas historias; sus actuales propietarios, siempre de la familia, sostienen que tanto la residencia como sus leyendas, no dejan de ser más que la sucesión de una larga carrera de relevos. Decíamos que esta pequeña casa, a pesar de su sencillez encierra tradición e historia, la cual nunca puede contarse bien hasta que concluye. Esta es la gran incógnita.

Miro la casa con ojos de pintor y me maravillo. Sus paredes de un color rojizo como el légamo que le dio su nacimiento; concentra ventanales anchos y espaciosas galerías, impensadas para la época. Los techos de paja y barro llevan armoniosos movimientos, otorgándole una serena majestuosidad. Árboles frondosos la sombrean, para guardar frescos los secretos de quienes vivieron allá en tiempos lejanos.

La sombra le es otorgada sin mezquindades y le asemejan a una casa de cuentos de hadas. Al recrearla, la mente piensa que súbitamente aparecerá el hada Melusina, acompañada por aquellos merlinescos personajes de fábulas, que alguna vez incendiaron mi niñez.

Me quedo extático pensando en el significado de la voz eternidad, y en su concepto del todo o de la nada.

Una mariposa se ha posado en el marco de la ventana, y la luz reflejada en su magia multicolor, me da la idea de Dios y de la finitud del tiempo.

Hoy desperté muy temprano –ahora duermo poco-con la idea de escribir estos papeles, estos recuerdos. Me asustó sobremanera la hoja en blanco, pero venciendo ese temor, comencé con la audacia de una juventud ya perdida, a garabatear estas líneas. Quizá mi vida haya transcurrido con algunas certidumbres, dándome algunos buenos momentos; también ocasiones las sombras me envolvieron en su densidad, haciéndome andar a tientas, equivocándome. Nada puede cambiar lo que Dios haya asignado a cada vida. No me quejo, estoy vivo, compartiendo estos días con el susurro del viento trayéndome secretos inviolados. Por las noches comparto desde mi atalaya, una trova de pájaros nocturnos, enredándose en los cuernos de la luna menguante, indiferente y terca. Muy próximo a mi ventana, escucho el sonido de una sola torcaza que, batiendo las alas, levanta un vuelo raudo para desgarrar el aire con su acrobacia. Aquí me siento feliz, contemplando extasiado los cielos azules de las mañanas. La existencia de los hombres es así, la de ser feliz en los lugares que el alma elige. Miro las alturas, y trato de descubrir su exacto color. No sé si es de alguna variedad del añil o de la antracita ardiendo lentamente. Vuelvo a pensar nuevamente en la vida y me detengo en esto de la eternidad, en ese tiempo infinito, en el cual nada fluye, y si acaso lo hiciera, regresaría siempre al mismo lugar. La pienso, como un párpado que ha detenido su movimiento, o como una vieja fotografía que se desmenuza mutando desde la memoria hasta la desdicha. No me falta mucho para vivirla y entenderla en forma cabal. Pienso esto desde la cumbre de mis altos años, mientras alumbrado por una luz mezquina, voy escribiendo estas palabras. Pienso en mi madre, y la veo siempre en mis ojos. ¿Estoy de alguna manera expresando algún adiós?

A lo lejos, se escucha una canción melancólica, y yo -sin proponérmelo- mientras bebo un vino oscuro y áspero, voy acompañando los ritmos de la melodía. La luz que me alumbra ha comenzado a parpadear, y va desperezándose en los rincones donde se amontonan sombras informes que, como animales, amenazan a saltar sobre mí.

¿Dónde han quedado los días de mi infancia y los de mi juventud? Me cuesta recordarlos, pues hoy sólo viven los de mi madurez y ancianidad. ¿Dónde han quedado los días de la luz? Me sirvo otra copa y cierro los ojos para detener las lágrimas que me afloran añorando aquel tiempo perdido. ¿Será una consecuencia de este vino salvaje y su rigor? ¿Acaso sea sólo la necesidad de descanso? Aún es noche cerrada y espero con ansias la claridad de la mañana. Abro la ventana, esperándola, pero la oscuridad me trae el sonido de un perro solitario que, con voces asmáticas, de cuerdas rotas, quebraba el manto oscuro de las tinieblas. Esa voz, daba la sensación de venir enancada en el aire, jugueteando alegremente con ella, flotando sobre la mansedumbre del campo; percibía yo que de alguna manera formaba parte de él.

Escuché que un hombre de a caballo se apeaba cantando una canción ininteligible, desflecándose en el viento. Suspendí mi descanso para prestar atención, y pude darme cuenta de que eran palabras de alguien perdido en la inmensidad de un universo existente sólo para él. Era un hombre infeliz, cantando a la noche y a Dios, pidiendo por el retorno y el abrigo de su mujer perdida. Se elevaban hacia el infinito, trenzándose con el humo acre de las mujeres preparando el fuego para hacer el pan. De pronto me sobresalto, pues una chispa curiosa, penetra por la ventana para dormirse en los cobijos de la alfombra. De pronto el lamento terminó de la misma manera como había empezado, para adormecerse en los cuernos de una luna en retirada. Súbitamente, la sucesión cantarina de los gallos anunciaba el nacimiento del nuevo día y, junto a otros ruidos incomprensibles, componían una sonoridad confusa. El campo luchaba por quebrar la indecisa pero inexorable placenta de la noche, al tiempo que las montañas del fondo comenzaban a concretarse; la tela blanca de sus picos más altos aún no se distinguía.

Durante mi vida he visto infinidad de amaneceres, pero el de hoy acaso sea distinto, aunque no estoy todavía diciendo adiós. La noche ya no es negra, sino gris, entonces el silencio, me permite escuchar las voces tempestuosas del río germinando las semillas. Está a poca distancia. Un pájaro tempranero, se anima a lanzar al aire su trino, al tiempo que hiende el aire en un vuelo ciego, buscando compañera. ¿Tendrá suerte?

Sigo mirando la ventana, y colijo que lo concreto va perfilando lo inconcreto, manifestado en rayas naranjas, que pronto se teñirán del dorado intenso del mundo.

En lo alto, la luna aún visible, mitiga su poderío y deja contemplar de a poco, el maravilloso verde de los sembradíos y el púrpura intenso de los pimientos secándose al sol. Todo esto veo, mientras escucho la plenitud de pájaros resucitados y enloquecidos. El zureo de las palomas se hace cada vez más evidente. Las pocas sombras que han quedado, trepan temblorosas a refugiarse en los bastiones de la intensa arboleda vecina.

Espero de un momento a otro, como siempre en cada amanecer, una bandada de jilgueros brotando de los viñedos cercanos, celebrando el gozo del alba.

La pasión de la vida se derrama incontinente sobre ese mundo tan mío. El sol aún no ha salido, pero todo el contorno que me rodea es luz. Cuando él despunte sobre el lomo de la montaña- entronizándose-, la vida seguirá siendo aún más hermosa. No sé si para mí, cuando hoy los años me arremeten sin piedad. Vuelvo los ojos hacia mi yo interior, y sin pensar van despuntando los versos escritos hace tanto tiempo, que de alguna manera preanunciaban los tiempos que me transcurren. Sin pensar los nombré:     

Toro Negro

 

 La muerte es un toro negro

que me espera,

y con sus oscuras cualidades

 me acerca el agua tan temida.

Por la ventana abierta

de mi casa de huesos tristes

precipitan catástrofes, tempestades

y ausencias,

 como el eco dispersado

de mis cosas.

Llaman a mi puerta,

y tras los cristales de la tarde

 Contemplo la locura,

mientras veo los pasos de su sombra

El toro negro tiembla su insistencia,

eludiendo las verónicas

que aún me preservan

de las noches sin estrellas,

y un sordo rumor

nacido en mis entrañas,

anuncia el adiós callado de mi alma.  

La fría memoria de la nada,

Se cuaja en los cristales de la lágrima,

y la hoja cansada del otoño

deambula por los aleros de la vida,

 rodando la rutina de existir sin brújula…

 

Rueda el capote ensangrentado por la arena,

y envuelto en él, descubro mi cabeza,

mirando desde el vacío de mis ojos,

el eco apagado de mis pasos.

 

Afuera, la primavera va pasando por el cielo,

 mientras la gente silba

su alegría despreocupada,

 y yo, abandonando mis ojos

sobre el hueco de mi mano,

soy el limosnero de la paz,

mientras mis labios

ondulan movimientos sin voz,

plegarias ciegas

hacia los espejos del silencio

 

POR R. MENA MARTÍNEZ CASTRO