por Dr. Armando M. Pérez de Nucci

Hiroshima y Nagasaki: El comienzo de la ética frente a la guerra

El recuerdo, a seis años del horror...
lunes, 07 de agosto de 2017 · 08:02:00 p.m.

SALTA (Dr. Armando M. Pérez de Nucci) - Las bombas de Hiroshima y Nagasaki abrieron a la humanidad las puertas del infierno a la vez que forzaron la aparición de le ética en el escenario de la guerra y la consideración moral de los actos derivados de ella. El resultado del denominado “Proyecto Manhattan” fue la construcción de un arma que usaba el poder del átomo como explosión devastadora. El 16 de Julio de 1945 tuvo lugar la explosión experimental de la primera bomba atómica de plutonio en el desierto de Nevada, lo que permitió el lanzamiento, por primera vez en la historia de la humanidad sobre una ciudad, Hiroshima, que sufrió el efecto devastador de un artefacto de uranio, destruyendo la ciudad, matando miles de personas y abriendo de esta manera el ingreso de los países a la denominada “Era Nuclear”.

Mucho se ha venido hablando los últimos años de las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Se las ha analizado desde la política, la estrategia militar, la economía y la moral, por citar algunas. Las opiniones nunca han sido unánimes ni coincidentes y ello es perfectamente entendible porque las diversidades de opiniones nunca coincidirán acerca, no ya de la bomba en sí, sino del valor de la vida humana, la necesidad de las contiendas o las denominadas “guerras justas”, elemento táctico y filosófico tan confuso y disperso intelectualmente y sobre el cual no nos hemos puesto de acuerdo historiadores, filósofos y políticos.

El 6 de agosto de 1945 estallaba sobre una ciudad habitada la primera bomba atómica de veinte kilotones y la humanidad entraba a la denominada era nuclear.

Equivalente a mas de veinte mil toneladas de TNT, el artefacto bautizado “Little boy”, una bomba de uranio, fue arrojado desde el “Enola Gay” avión que llevaba el nombre de la madre del piloto comandante Paul Tibbets, el hombre que tendría el discutido privilegio de ser el primero en comandar una misión nuclear en el planeta tierra.

Una segunda misión, tres días después, arrojaba sobre Nagasaki a “Fat Man”, el segundo aparato nuclear, de distinta composición radioactiva, esta vez de plutonio.

Oppenheimer, uno de los creadores de las bombas, manifestaría años mas tarde que en esa oportunidad los científicos “habían conocido el pecado...”. Se estaba refiriendo al hecho inédito hasta el siglo XX: la aparición de la consideración y el juicio moral de los actos considerados científicos. Hasta ese momento, el tema se repartía entre la consideración de religiones a – técnicas y procedimientos científicos a– morales, queriéndose significar con esta última afirmación que todo acto de ese orden no debía ser cualificado desde la esfera de lo moral, que la etnicidad en ciencia no debía ser considerada, porque era una dimensión que la excedía o que no correspondía.

Las tragedias de Hiroshima y Nagasaki habrían de demostrar al mundo que tal aseveración era falsa, que nadie podía escapar al juicio ético de los hombres y de la historia: el 6 de agosto de 1945 el mundo, efectivamente, conoció el pecado...

¿Porque Hiroshima y no otra ciudad?, es la primera pregunta que viene a nuestra mente. Al menos, tres razones de peso influyeron en su elección. La primera de ellas era que constituía un excelente lugar para evaluar los daños emergentes de una explosión

nuclear. Ubicada en una hondonada, maximizaba los efectos de la explosión, ya que la idea base de razonamiento científico era la de destruir toda una ciudad, no solamente sus objetivos militares.

Una segunda hipótesis opina que la ciudad era un importante blanco militar junto con Kyoto, la ciudad japonesa mas grande todavía intacta, a pesar de los intensos bombardeos que venían afectando a Japón, de manera que vulnerar este centro constituía desde un punto de vista militar estratégico y psicológico una excelente oportunidad para los Estados Unidos .Todo ello sin contar la presión que sobre Rusia, que estaba en camino de convertirse en una potencia, ejercería esta acción desde todo aspecto .

La tercera opinión, quizás la mas comentada y debatida, es la de la limitación de pérdidas en vidas humanas que hubiera significado la invasión de Japón en una guerra larga terrestre. Hiroshima constituía por aquellos años un bastión del nacionalismo fundamentalista y el militarismo japonés ya desde fines del siglo XIX y su destrucción hería en el corazón al Japón. Y, además existía el hecho que nunca se había probado hasta ese momento sobre seres humanos en su hábitat natural.

En el momento de la explosión , murieron instantáneamente ciento cuarenta y cinco mil personas , del total de trescientas mil que habitaban la ciudad, víctimas de la onda de choque y de la ola de calor causadas por la fisión atómica .En tres semanas , se agregaron quince mil mas en Hiroshima y treinta y dos mil en Nagasaki .Hasta un año después, setenta y siete mil muertos engrosaron la lista .Doscientas ochenta y cinco mil personas mas estuvieron expuestas a la radiación y de ellas murieron hasta 1978 ochenta mil . Los sesenta años posteriores, han visto hasta hoy las consecuencias de las explosiones en los sobrevivientes: stress, miserabilidad en la calidad de vida residual, muertes degradantes, lesiones medulares, cutáneas, cánceres emergentes, etc.

La humanidad ha visto también el nacimiento de una conciencia ética acerca de la ciencia, la guerra y sus consecuencias. El estallido de la bomba tuvo como consecuencia el despertar de una conciencia moral de la humanidad y demostró el enfrentamiento de dos éticas, una principista o deontológica y otra consecuencia lista. La primera plantea que el principio básico es “no matarás”, estableciendo que no es lícito destruir vidas inocentes. Es la ética de muchos pensadores, artistas, sacerdotes, gente en general alejada de los núcleos de poder que no se ve obligada a tomar decisiones en nombre de los demás. Es un no a la guerra, que considera injusta, el sí a la paz a toda costa, aún el propio sacrificio.

La mentalidad conscuencialista cree en la teoría del mal menor y establece de alguna manera que el fin justifica los medios. Es el criterio de muchos estadistas y gobernantes, de aquellos que toman decisiones por otros .Es el caso de Hiroshima y Nagasaki .Para el presidente de los Estados Unidos el mal menor era la bomba, al mayor la pérdida de vidas norteamericanas en una guerra terrestre larga y difícil .La paz a obtener era la paz del terror con una lógica demoledora: si sigue la agresión, podemos destruir al mundo , amenaza que incluía a Rusia, por supuesto, por aquel entonces un aliado estratégico aunque no político y doctrinario.

Se repite hasta el cansancio que “hay una sola ética”. La pluralidad y el conocimiento del tema lleva a inteligir que hay éticas de estado, nacionales, locales, personales, etc, etc., etc…

Solamente en la diversidad, el ecumenismo y el disenso, entendido como “el acuerdo para desacordar” que desde sus inicios ha planteado la Bioética como caminos posibles para el entendimiento entre los hombres, en todos los ámbitos de la vida, nos podrán llevar a crear y avanzar, dentro de los márgenes de la eticidad.

El informe de ensayo de laboratorio había manifestado una realidad presente en el ánimo de científicos, militares y pueblo en general: “la detonación nos hizo sentir que éramos culpables de habernos atrevido a liberar las fuerzas hasta ahora reservadas al Todopoderoso…”.

Más de doscientos diez mil muertos y trescientas veintiocho mil víctimas hasta hoy nos llaman a una profunda reflexión. Vivir en paz debe ser un anhelo de la humanidad. En una sociedad, la paz es patrimonio de todos, es algo que se crea y comparte. Desde una situación de paz, todo conflicto es solucionable. Mucho más en un país como el nuestro que se encuentra ya en un largo período de democracia después de muchos años de vaivenes golpista y alternancias pseudodemocráticas o condicionadas. Debemos buscar caminos producto de la convivencia y el trabajo de todos aquellos que deseamos la paz, trabajamos para ella, discurrimos sobre nuestros problemas y tratamos de acercar soluciones y, fundamentalmente, tener la idea clara que, sin paz, solamente habrá en todos los hombres conciencia de haber conocido y vivido el pecado.

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