POR ARMANDO M. PÉREZ DE NUCCI

Reflexiones acerca de la Independencia, la coherencia y la esperanza

“Dios ha creado al hombre, no a los hombres, ellos son un producto terrenal, el producto de la naturaleza humana” (Hannah Arendt)
sábado, 08 de julio de 2017 · 10:17:00 a.m.

SALTA (Armando M. Pérez de Nucci*) – Doscientos,  un años de independencia “de todo poder externo”, jurados un 9 de julio de 1816 son mucho más que el cumplimiento de un acto o el cumpleaños del comienzo de una ilusión de ser un país libre de toda dominación. Es también el deseo de un pueblo de seguir un camino de coherencia, crecimiento, legalidad y, porque no decirlo, de esperanza también. ¿Esperanza de qué? En primer lugar, de tener autonomía moral política.

Es éste un proceso del que todos somos absolutamente responsables de elegir moralmente y políticamente, de la ruta que queremos para nuestro país, que puede ser correcta o no, pero siempre libre. Y ello es debido a que la creencia puede ser equivocada, pero adquiere moralidad a través de la decisión autónoma, personal, no dirigida desde fuera por otros hombres que pudieran detentar otros valores. Will Kymlicka manifiesta a este respecto que “una vida valiosa es aquella que se dirige desde dentro...”.Y la esperanza, que es la creencia en que todo lo que deseo, solamente podrá convertirse en realidad si estamos convencidos que puede ser logrado lo que buscamos y que ello será producto de nuestro propio esfuerzo. Si nos atenemos al dicho popular, “a Dios rogando y con el mazo dando…”, es decir ilusión o deseo de algo, acompañado del esfuerzo para que tal cosa suceda.

Un elemento constitutivo  de la esperanza es la convicción de que el advenimiento del futuro depende del actuar humano, un producto de la acción del ciudadano convencido de sus deberes y sus derechos, en un sistema que vea al “ otro”, no como un enemigo al que hay que destruir para cumplir con nuestros deseos políticos, sino a un “ adversario” con el que habrá de “acordar en desacordar” en beneficio de todos. Si se vuelve la espalda a esta convicción, la esperanza solamente  llegará a ser una entidad falsificada, una irrealidad denominada “utopía” – gr. “u-topos”: sin lugar posible- y una “ucronía”  sin tiempo posible - , es decir una imposibilidad fáctica. De esta manera analizada el tema de nuestro futuro país, la esperanza es el armazón de la existencia del ser humano en el tiempo.

La segunda razón, para la concreción de la  esperanza es el optimismo, la creencia en que lograremos que nuestra ilusión suceda. No hay esperanza sin optimismo, muestra la necesidad de la existencia de un futuro mejor y una cosa es siempre parte de la otra, es decir que  se piensa con esperanza  que el cambio se va a dar al mismo tiempo que se espera con optimismo, cualidad que siempre mora en la esperanza; de lo contrario solamente se trataría de un juego de azar a carao ceca, situación de jugadores y de hombres tímidos y desilusionados. Esperar con esperanza, trabajar para que lo que pretendemos suceda y creencia en que sucederá es el trípode inicial de esta reflexión que busca un país mejor para todos. El verdadero optimismo no es un optimismo cualquiera, sino el abierto hacia el futuro; en el futuro está nuestra solución como ciudadanos libres y capaces de emitir juicios de valor acerca de nuestros deseos y nuestro destino.

Esta nueva dimensión de la política, la recuperación de la esperanza, nos muestra una nueva visión sustantiva y una reivindicación de aquella como parte indivisible de nuestro ser nacional. A partir de esta visión autonómica de partidismos y lecturas parcializadas se debe dar necesariamente una recuperación de la fe en política , una estrecha relación entre ética y política y la cristalización de la perdida esperanza en el campo de lo político y la política nacional , que vuelve a renacer para bien de la Nación y sus habitantes.

Hoy el protagonista es la esperanza y la debemos cuidar como un bien preciso que debe ser preservada de la depredación a la que aspiran todavía muchos políticos descalificados de nuestro país por la vía del voto libre y responsable.

Todo esto debe ser considerado en el marco de la concepción griega de la política que reconocía que, en principio, el hombre era un " zoon politikon” , mal traducido cuando no menos mal interpretado como "animal político” y no en el sentido de "animal social” en su concepción más reconocida. Para un griego, fuera de la ´polis´- la ciudad, el estado-, solamente se podía ser dios o bestia, reconociendo el carácter de "ciudadano” o miembro activo de la ´polis´ como condición para su humanidad. Fuera de nuestra "mismidad” como ciudadanos, no hay posibilidad para Argentina, porque lo que veo fuera de esta concepción es corrupción, mentira, deslealtad y engaño. Dentro de la esperanza, futuro, transparencia, un país de iguales, de competencias dignas y relación valiosa a la vez que armónica entre los que gobiernan y los gobernados. Y para ello se requiere, en la opinión de Gabriel Marcel, de al menos cuatro condiciones: paciencia, disponibilidad, cautividad y carácter profético.

Paciencia, porque solamente el esperanzado y , en nuestro caso en particular el ciudadano , sabe dar valor al tiempo de su prueba; en definitiva , ¿qué otra cosa sino es " alguien que espera”?

Disponibilidad, porque el esperanzado se halla abierto a la trascendencia que su propia fe le da, a la propia acción del político que le ofrece un mejor país.

Cautividad, porque solamente quien se siente cautivo en esta vida o este sufrimiento por tener un mejor existencia política nacional, pueda acceder a una plenitud superadora. En este sentido, el ciudadano, que es un ser cautivo por excelencia, sabrá esperar con esperanza lo que su fe le indica que debe esperar.

Finalmente, carácter profético tiene la esperanza cuando toma conciencia que ella misma no es lo que debería ser, sino lo que deberá ser y que ello no depende de nosotros. Marcel manifiesta que la esperanza es salvadora porque es el arma de los desarmados o, más exactamente en mi opinión, lo contrario de un arma y en ello reside misteriosamente su eficacia... (Etre et avoir).

Esto es, en esencia, esperar con esperanza en la política futura para nuestro país.

Es función de todos,  pues, mantener la forma participativa de gobierno y considerar al individuo común – y en esto radica el valor de la ética en política – como una verdadera persona humana, el real agente moral y propio legislador de su vida en el sentido kantiano del término. Ya hemos superado ampliamente en Argentina la época de los mesianismos y elitismos en política, traducidos en la práctica por los gobiernos autoritarios y los pretendidos "salvadores de la Patria" que asolaron con golpes y disrupciones a Argentina.. Nuestro país requiere líderes maduros y preparados para gobernar, que tengan a su lado a especialistas en ética política que les ayuden. no solamente a tomar decisiones en pro del denominado bien común , sino que además los asesoren en aquellos problemas cotidianos y puntuales que hacen a la convivencia en comunidad , ya que vivir es – y ha sido siempre – con – vivir , vivir con los demás . Y que además se dediquen a formar los dirigentes del futuro en forma sólida  y permanente.

Todo hombre es un fin en sí mismo, además de un sujeto autónomo y capaz de generar juicios de valor que le atañen en forma personal y social .Ética en política debería ser, a mi entender, acordar en desacordar, estar de acuerdo en no estar de acuerdo , lo que a mi entender , es sinónimo de gobernar para todos .

Y esto, justamente, es lo que ha venido sucediendo en nuestro país desde ya hace varios años y ha generado, a mi entender, la aparición de una nueva palabra en política, que es la esperanza.

Esta nueva dimensión de la política, la recuperación de la esperanza, nos muestra una nueva visión sustantiva y una reivindicación de aquella como parte indivisible de nuestro ser nacional.

Hoy el protagonista es la esperanza y la debemos cuidar como un bien preciso que debe ser preservada de la depredación a la que aspiran todavía muchos políticos descalificados de nuestro país por la vía del voto libre y responsable.

Esperemos, pues, que este Bicentenario celebrado en 2016, traiga la mesura y la tranquilidad necesaria para darnos cuente que, en política, sumar significa crecer como país y como ciudadanos, aunque no siempre estemos de acuerdo en todo, pero mirando como prometedor y magnífico el porvenir que nos espera, después de doscientos años de desencuentros, dualidades y enfrentamiento que han restado tiempo a la esperanza.                                             

*Doctor en Filosofía y en Medicina. Diplomado en Geopolítica y en Bioética. Miembro de la Academia Nacional de la Historia.

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